Desvaríos, Relatos Breves

Spirivixen Mixen

Este texto fue escrito en 2018 en la mesa de Té de Querer y aparecerá en “Historias en Calcetines”, el primer libro editado por la Editorial TDQ.

21 de julio de 1969: Neil Armstrong pisa la Luna. Spirivixen Mixen a la distancia. (Foto: NASA)

“Vaya tiempos que nos ha tocado vivir. Y usted ha sido testigo desde la comodidad de su casa… un pequeño paso para un hombre, un gran paso para la humanidad.

A continuación, el show de Ed Sullivan. Buenas noches y hasta la próxima.”

— ¡Corte!
— Neil, tómate cinco. Ahora estamos de vuelta contigo.

El astronauta se deja desparramar cual vela sobre la rocosa superficie lunar. Exhausto, ni sus fuerzas ni la de la gravedad son suficientes para que le caiga el veinte de que se ha convertido en el primer ser humano que camina sobre la luna (siendo estrictos, el primero que se recuesta también). Sí, lo ha logrado: tantos años, tantos sacrificios, todo ha valido la pena.

Ni él mismo podría calcular con precisión cuántas noches pasó desde niño buscando la legendaria silueta del conejo mientras soñaba con hundir sus pies en ese enorme queso gruyere; no había nada en el planeta que le fascinara más que pasar horas mirando al cielo, imaginando que, cuando fuera adulto, viajaría a las estrellas y buscaría cualquier forma de vida dentro de cada uno de esos lejanos foquitos. Toda su vida había delirado con locuras así. Era la definición de un verdadero lunático.

¿Quién, si no él, merece más recostarse, mirar al cielo y ver la Tierra? Primero busca su casa, aunque no alcanza a distinguirla dentro de la mancha luminosa que ocupa medio Texas. Después, mientras espera que la NASA reestablezca la comunicación para indicarle los siguientes pasos, Armstrong decide conciliar la realidad haciendo lo que tantas noches había hecho para conciliar el sueño: buscar siluetas. Sólo que esta vez no sería un conejo. ¿Cuántos animales podrá encontrar en la superficie terrestre? En menos de un minuto ve un ornitorrinco a la altura de Wyoming (científico, al fin y al cabo) y tan pronto alcanza a distinguir el contorno de un chango en Alaska, una sombra empieza a cubrir parte de su casco. Curioso por encontrar el origen de la misma, Neil voltea a su derecha y encuentra la borrosa silueta de un lánguido y enclenque ser de color semigrisáceo que apenas alcanza el metro de altura.

— ¡Ayuda! — grita desesperado esperando que Houston lo rescate, o que al menos lo escuche, pero no. Lo único que sintoniza es el estruendoso silencio de la nada. Quiere seguir pidiendo auxilio, pero se le llena la boca de arena, con todo un desierto que le impide pasar saliva. El pánico corre tan veloz por sus venas que sin darse cuenta está de nuevo de pie, como quien intenta huiraun sabiendo que es imposible.

— Hey! –se escucha en un perfecto inglés. — Turn around!

Confundido, pero sobre todo, enfundado en un traje de ochenta kilos que en la luna se sienten como ochenta toneladas, Armstrong tarda poco más de siete minutos en girar 177 grados. Justo cuando en la esquina de su casco alcanza a ver a lo lejos los anillos de Saturno, el ser se posa frente a él. El astronauta se queda impávido.

— Don´t worry, I´m your friend. I´m not gonna hurt you– le dice el enanito — I have a message for you.

Neil, estupefacto, parece haber perdido su nivel de familiaridad y comprensión del inglés, lo cual no pasa inadvertido por el ser-alien-extraterrestre; llamémosle OINI: Objeto Inteligente No Identificado, que pareciera tener la capacidad de escuchar la mente de Armstrong.

— ¿Prefieres español? Está bien. Mi nombre es Spirivixen Mixen — le dice el OINI, bueno, OII, pues ya lo hemos identificado.

Por fortuna para nosotros, el impacto inicial ha pasado y Neil parece recordar a la perfección sus tres años de clases de español en Cerritos High School. Treinta y siete segundos después logra extender por completo la mano al mismo tiempo que pronuncia tembloroso:

— Mucho gusto, Spririvixen.
— Debemos ser breves, de lo contrario, Houston advertirá mi presencia, así que iré al grano: en esta Luna se forma un agua que no es precisamente el H2O que ustedes conocen, es más bien H2O Ti3; la adición natural del Titanio le confiere el poder de curar y erradicar mágicamente todas las enfermedades que aquejan a la especie humana. Todas: la gripa, las migrañas, el Alzheimer, el cáncer e incluso el SIDA, que es una enfermedad que aún no descubren, pero en unos quince años será la peor que hayan conocido.

Cuando supe que vendrías, me di a la tarea de recorrer la superficie entera para llenar este termito de agua lunar; logré condensarte 10 litros. Ten, llévalos contigo de vuelta a tu planeta, estoy seguro de que en la NASA podrán dividirlos atómicamente y regenerar miles de litros sin que pierdan sus propiedades. Imagínalo como un recurso renovable. Sólo hay un tema: si no se transporta al vacío podría evaporarse, por lo que deberás almacenarla en el compartimento del Apolo 11 donde guardas el agua que has bebido a lo largo de la misión y la que beberás de vuelta a tu planeta.

— Bueno, no hay problema — responde Neil, — tomaré el agua lunar en vez de la terrícola para así evitar morir de sed.

— Uy, mano… olvidaba esa parte — se disculpa Spirivixen — Esta agua milagrosa no es como la del Tlacote: es decir, no es apta para su consumo no milagroso. No te saciará ni te puede quitar la sed. Deberás vaciar, por completo, el tanque del H2O y sustituirlo por agua lunar. Esto implica, palabras más, palabras menos, que si deseas llevar la cura de toda enfermedad a la Tierra, deberás morir de sed en el camino… sacrificar tu vida. Si me preguntas a mí, es un precio muy bajo que hay que pagar a cambio de salvar a toda tu especie. Uno a cambio de billones… y la historia ha decidido que ese uno eres tú… ¿qué dices?

Neil Armstrong murió en Cincinnati, Ohio, el 25 de agosto de 2012.

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